La
ignominiosa pérdida de la razón
La chica se revuelca
sobre la vereda de Santa Fe esquina Presidente Roca. Grita, patalea y se
arranca los cabellos. Descompuesta y llorando se sienta en el umbral de la
panadería y gime desconsoladamente.
Los clientes del bar
dejan sus mesas y cruzan la calle para socorrerla: la chica se ha lastimado las
rodillas con sus propias uñas y profiere insultos a todas las madres del mundo
y de tanto en tanto grita un desaforado “¡Dios mío!” que retumba hasta en las
salas de lectura de la Biblioteca Argentina.
La rodean algunos
transeúntes y le preguntan si le ha pasado algo. Entre sollozos y con la voz
entrecortada emite sonidos guturales indescifrables. Busca en su cartera y saca
un pañuelo para sonarse la nariz. Alguien le alcanza un
vaso de agua fresca con hielo y lo bebe con fruición. Aparentemente se
estaría calmando cuando estalla en un nuevo llanto y comienza a temblar.
Un agente femenino de
la policía provincial y otro de la Guardia Urbana se acercan e intentan calmarla,
pero todo esfuerzo es totalmente inútil: la chica está enajenada.
Una señora dice que
puede haber sido víctima de un robo, otra asegura que el novio la debe haber
dejado, una tercera piensa, pero no lo dice, que la deben haber violado y se
agacha sin el menor pudor para observar la bombacha diminuta de la chica.
Un hombre pasa,
extiende el cuello para ver qué sucede y se va moviendo la cabeza de un lado
para el otro y masculla indiscretamente injurias hacia la policía, el
intendente, la chica, el gobierno, la ONU, los judíos, los anarquistas, los
masones, los tobas, los palestinos, Dios y los Santos Evangelios; sonríe para
sí mismo y piensa: “A estos negros de mierda hay que matarlos a todos”.
Un mozo del bar se
acerca y le trae otro vaso de agua con hielo. La chica, más desquiciada aún,
estampa el vaso contra el pavimento y recibe improperios desde varios autos.
Se golpea duramente la
espalda contra la persiana de la panadería y repite sin cesar: “¿¡Por qué!?
¿¡Por qué a mí!?”
La gente que la rodea
se ha duplicado y la policía pide que abran un poco más el círculo para que
pueda tomar aire.
Su rostro se ha
convertido en un verdadero desastre: el maquillaje se ha corrido, el lápiz
labial se ha mezclado con la sangre que emerge de la boca porque indudablemente
se debe haber mordido la lengua y el rimel se ha corrido creando en sus ojos
unas ojeras dignas de un mapache.
Un señor muy mayor y
con bastón en mano se abre camino entre la muchedumbre, saca su Nokia 1100 del
bolsillo gastado del saco y le pregunta: “Señorita, dígame, ¿Cuál es su número
de celular?” La chica lo mira sin entender demasiado y dice: “341- 449 - 879 –
223 – 901” .
Y agrega con hipo entre las palabras: “Pe-ro–no –va-a-so-nar-por-que-lo- per-dí”.
A continuación, inunda la esquina con su llanto.
El anciano se coloca
los anteojos para ver de cerca y marca el número. Los curiosos y la policía
permanecen en silencio. De repente se escucha el ringtone apagado con la
clásica musiquita de un Blackberry último modelo. La chica revuelve su cartera,
desparrama sus pertenencias en la vereda y el celular no aparece, sin embargo
sigue sonando. Se corta la llamada porque pasa a buzón de voz. El círculo
humano emite un ohhhhhhhh de pena y la chica se agarra la cabeza
sin saber dónde buscar.
El señor vuelve a
marcar el número y el Blackberry suena nuevamente, lejos, muy lejos, como si
estuviese a mil kilómetros. La llamada se extingue y la batería del Nokia 1100
también. “Bueno”, dice el hombre mayor quitándose una boina tan vetusta como
él, “me parece, señorita y sin ofender, que su celular ha sonado por allí” y le
señala una honda línea curva que se sumerge entre seno y seno hacia quién sabe uno
qué infinito.
La chica, sin ningún
problema se quita la ajustadísima blusa color carmesí, le pide ayuda a un pibe
para que le desabroche el corpiño y justo debajo de una de las enormes tetas,
aparece un vértice de una carcasa negra. Levanta su teta izquierda, aparece el
celular empapado de sudor y lo seca en su diminuta pollerita azul. Sonríe y
todos aplauden y silban, incluso las oficiales de policía.
Toma su cartera, se
pone la blusa y se olvida del corpiño que permanece en la mano del pibe, quien
de vez en cuando acerca su nariz para olerlo como un sabueso en celo.
La gente le ayuda a guardar
todas sus pertenencias; el pibe se aleja despacito de la multitud y se guarda
el corpiño en el bolsillo del pantalón.
La policía femenina le
pregunta a la de la Guardia Urbana si habría que detenerla por desorden en la
vía pública y esta responde con un chasquido de la lengua contra el paladar, da
media vuelta y desaparece.
Algunos dicen en voz
baja: “¡Qué boluda!” y ríen. Quienes estaban cenando en la vereda del bar,
retornan y para sorpresa de la mayoría, los perros de la calle acabaron con las
pizzas, las tablitas de fiambre y los carlitos especiales con pollo y
aceitunas.
Otros, los sabiondos y
entendidos, explican: “Y… me lo imaginaba, pero no quise decir nada porque me
daba vergüenza. Viste, qué sé yo, me daba no sé qué, pero, igual, la teta se
veía un poco cuadrada, no?”
Las viejas, se toman
del brazo para sostenerse mutuamente, cuchichean entre ellas en tono
escandalizado y se van a tomar un té a Brownie’s.
Un muchacho mira de
reojo a su novia y la amenaza torciendo la boca hacia un costado: “Ni se te
ocurra guardar el celu en la teta, ¿me entendiste?”
La chica hace su
primera llamada y mientras tanto, sin agradecer a nadie se retira de la zona de
desastre y vocifera: “Waaaaaaaaaaaaaaally, ¿Dónde mierda estás?” Y se va
taconeando como si nada, como si nunca hubiese pasado nada.
El viejo mira su Nokia
1100 apagado y piensa: “Tanto Blackberry, tanto Blackberry y al final te salva
un Nokia 1100. ¡Boluda! … ¡Qué lástima! No hay billetera, pero sigo siendo un
galán.”
Se calza la boina, se
mira satisfecho en la vidriera de la casa de fotografía, se arregla la corbata
y se va cantando bajito un tango de la guardia vieja hacia la Pizzería La
Argentina, allá, en la esquina de Rioja y Paraguay, donde sus amigos lo esperan
desde hace más de una hora.
“¡Hoy sí que tengo una
aventura para contarles a los muchachos!” se dice a sí mismo y cruza Plaza
Pringles al trotecito esgrimiendo el bastón en el aire, olvidándose de la
artrosis, los calambres, los juanetes, el reuma, la escoliosis cervical, los
espasmos, la lumbalgia y la gastritis.
Se detiene en el
semáforo, avanza y ve que la farmacia está de turno. Entra y le dice algo en
voz baja a la farmacéutica. La profesional vuelve, le entrega un blister, el
viejo paga y se va pensando que esta noche, hará feliz a la vieja. “Sí”,
murmura sonriente, “soy un galán.”
Violeta Paula Cappella
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