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martes, 11 de febrero de 2025

La Negra y el aire

 


Cuento:  La Negra y el aire           

 Por: Violeta Paula Cappella

 Otra vez está chorreando el aire acondicionado del tipo del 6 C sobre nuestro techo corredizo. Ya fui más de diez veces a reclamarle, pero hoy todo va a cambiar.

 -Vos dejame a mí que yo a este te lo arreglo rapidito. – Me dijo.

 Ahí se va la Negra a hablar con el tipo, con su pantalón cargo bajo la cintura, las alpargatas desflecadas y la furia de no poder dormir por los martillazos de las gotas del aire acondicionado sobre el techo de aluminio. Pobre Negra, llega cansada del trabajo y tiene que ir a discutir con este tipo tan molesto. La esposa del tipo, desdichada criatura, una sometida que no levanta la mirada del suelo y si lo hace, es para sonreír y no decir nada, como lo debe hacer cuando el tipo la muele a golpes.

La Negra es negra en serio, es como la noche en el medio del campo y sin luna. Ha sufrido lo indecible y practicó la resilencia sin saberlo; me contó hechos tremendos de la adolescencia, cuando el padre la cacheteaba hasta desmayarla para que vistiera ropa de mujer; incluso, una vez, la madre le tiró un cuchillazo por usar los slips del hermano y le dejó una cicatriz cruel en la cara, tal como la que tenía en el alma.

Una noche, volvía del secundario muy tarde porque hubo razzia en la puerta de la escuela. Los milicos andaban buscando cualquier excusa para llevarse a alguien. La Negra caminaba tranquila por el barrio, con el frío húmedo calándole la vida. Llevaba puesto el guardapolvo escolar con la misma gracia de un paraguas mojado, cerrado y dejado por allí para que seque.

Un viejo salió de la nada, la agarró de las piernas y la llevó a la rastra al yuyal. La violó por ser marimacho. El viejo asqueroso le decía: -Ahora te va a gustar la pija. – La negra intentó resistirse, pero no pudo huir. Por fin, llegó el auxilio; los pibes de la otra cuadra habían visto algo raro y se metieron en el yuyal para ver qué pasaba. Los pibes la querían a la Negra, para ellos era un pibe más. Entonces, arremetieron contra el tipo y le abrieron la garganta con un cuchillo de capar chanchos. Los pibes ayudaron a la Negra a incorporarse y se la llevaron a la casa de don Samuel para que la cure. La Negra caminaba como podía, ultrajada, subsumida, llena de barro e ira, moreteada por todas partes y sangrando. Le dolía el cuerpo, el alma, el espíritu; cada golpe, cada palabra del viejo inmundo retumbaban en su mente.

Don Samuel le limpió el rostro, la metió en una bañadera y lavó todo su cuerpo con hierbas de toda clase para sacar todo rastro de horror. Le dio ropa limpia, la bendijo y los pibes la acompañaron hasta la casa.

Pasaron unos días y en el camino de tierra, al lado del yuyal, la gente que pasaba, sentía olor a podrido pero nadie se animaba a ir a ver. Supusieron un caballo muerto o que los milicos habían fusilado a alguien. Más vale no meterse.

Al año siguiente Perro Rengo (así le decían a un pibe mudo que solo articulaba gua-gua y era obviamente lisiado), salió del yuyal con una bolsa llena de pasto y se la vendió a un santero haitiano. Al día siguiente, Perro Rengo ostentaba zapatillas nuevas y andaba en un triciclón (no tenía estabilidad para la bicicleta) por las calles de tierra, sonreía y saludaba a todos diciendo gua-gua.

Cuando se murió el santero, nadie quiso entrar al rancho. Todos temían a los malos espíritus que el haitiano invocaba; los milicos mandaron a unos soldados a tirar nafta por todas partes, prendieron fuego y después derrumbaron las paredes con una topadora. Nadie supo con certeza, pero sí se sospechaba, que en esa esquina, además del santero muerto, había varios esqueletos más, cuyo origen, más vale no averiguar.

La Negra terminó el secundario, trabajó cuatro años en el frigorífico que está por Avenida Circunvalación y el río y un día se hartó de ver morir vacas, cerdos, caballos y tener que trozar los cuerpos aún calientes y sangrantes. Así fue, que se hizo vegetariana. Consiguió trabajo en un supermercado y se fueron ella y el hermano más chico, el Totito, de la casa de los padres. En ese momento, el hermanito tenía dieciséis años y todavía estaba en el primario.

(Totito vive con nosotras en casa y adora jugar a poner en fila muñequitos, autitos, fichas del dominó, piezas de ajedrez, los animalitos de la selva y hasta toma mis labiales del necessaire y los acomoda sobre el suelo con la felicidad de colocar todo en el orden que le dicta su mente de niño)


- Uh, ya pasaron diez minutos y la Negra no viene, me preocupa. –

Al hermano mayor de la Negra lo mataron de un tiro en la frente en una redada en la escuela por defender a un compañero que se lo llevaban los milicos y nunca más se supo de él. Para la Negra fue una catástrofe porque su hermano era su confidente cuando le contaba sobre las chicas le gustaban, era su asesor con la ropa masculina y fue quien le enseñó a jugar fútbol en el campito al lado de las vías del tren. Lo velaron en la casa y fueron solo unos pocos vecinos porque se había rumoreado que era terrorista y él, pobrecito, solo quiso ayudar a un compañero, hoy, desaparecido. Lo peor de todo fue que durante el velatorio, los milicos habían puesto dos soldados para ver quiénes iban a dar sus respetos. La Negra lloraba a mares y un milico la agarró del brazo y le preguntó quién era. Ella dijo su nombre y el milico le gritó que se vaya a poner ropa de mujer y ella le gritó a su vez en la cara que era la ropa del hermano muerto. El milico murmuró algo y se fue afuera a fumar.

La Negra no fuma más, pero desde la adolescencia hasta la joven adultez, llegó a fumar dos atados de cigarrillos por día. La devoraban los nervios y se criticaba a sí misma por no ser mujer,  por no ser hombre, por sentirse la nada misma, por no usar una falda floreada y una blusa liviana, casi transparente, como lucen las chicas. Cada mes, la menstruación le recordaba su identidad femenina, pero la forma de su cuerpo, delgado, sin caderas ni senos, aferrado a ademanes y gestos masculinos que aprendió de su hermano difunto, gritaba una masculinidad presente y firmemente asentada. A los 32 años, por un cáncer de ovarios, los médicos se los extirparon a todos para que en un futuro no haya problemas y respetaron su útero, trompas de Falopio, epiplón y ganglios linfáticos. Fue entonces cuando la conocí. La vi en la cama del hospital totalmente atemorizada, con la bata que le quedaba grande, las piernas delgadas, las manos huesudas, su vista escrutando el techo en búsqueda de algo que le diese vida y la alejase de ese lugar.

Hablamos sobre la operación, la quimioterapia y el cigarrillo que a partir de ahora quedaba prohibido. Le pregunté cómo se llamaba y me dijo que su nombre le daba vergüenza y que prefería que le dijeran Negra. Lloró como lloran los niños desconsolados, emitiendo solo un sonido leve y agudo. Le acaricié el cabello de millones de motitas teñidas de rubio y noté que su rostro, anguloso (con una cicatriz vieja en la mejilla), tan oscuro y terso, le daba un aire de Grace Jones. Me tomó fuerte de la mano y me dijo: -No me abandone, doctora Haglund, no me quiero morir.-

Hablamos un rato en voz baja y le comenté que no menstruaría más, se sorprendió y se alegró. La miré y me sonreí y le aclaré que nada de sexo por bastante tiempo.

En mayo nos volvimos a ver en el hospital. Estaba pelada, pero feliz. Me abrazó fuerte, ruda y tierna a la vez.

Cuando terminé mi turno, salí del hospital y ella estaba tomando una limonada con un jovencito, que ya desde lejos me daba la sensación que algo en él no estaba bien. Crucé la calle, los saludé, ella se levantó para saludarme y me presentó a Totito. Me contó parte de su historia y yo parte de la mía. Se le veía el gran elástico del slip con la marca estampada en negro. Me sonreí, me quité la chaquetilla, la guardé en mi mochila y vio la Negra que tras mi cabello largo, todavía rubio natural, mis formas suaves, redondeadas, tan vikingas, tan noruegas, había alguien que era compatible con ella.

Ahí viene, escucho que baja el ascensor.

- ¿Qué pasó Negrita? -, le pregunto y ella, subiéndose el cargo Grafa que le queda un poco grande y siempre ostentando el elástico de un slip, me cuenta tranquila:

- Casi le meto la manguerita del aire acondicionado por el culo y lo convierto en angelito de fuente, de esos que escupen agüita. ¿Qué hay de cenar?

– Ensalada de zanahorias y huevo con trocitos de queso Parmesano y ravioles caseros de verduras con salsa mixta que vende la chica del 3º A.

Totito se sienta a la mesa y nos muestra su documento de identidad. Los padres no lo anotaron en el Registro Civil porque nació bobo y no sirve para nada. ¿Para qué quiere un DNI?

Siento que conozco a la Negra de otros tiempos, de eras lejanas cuando la selva predominaba, el aire estaba limpio y puro, el agua era cristalina, los animales vivían en paz y el sexo era el punto de encuentro salvaje de los enamorados de la tribu, sin importar si te habías casado bajo el sagrado rito de la Naturaleza con un hombre o una mujer y sin preguntar tantos porqués.

Quizás, algún día, a todas las alteridades, se nos considere seres humanos como en los tiempos de la tribu y la selva, del agua limpia de la cascada que rompe contra las piedras y crea un arco iris bello y húmedo y así, dejemos de ser alteridades.

 


viernes, 20 de noviembre de 2020

Indigestión literal

 Por Alice Amanda de Cappella

"Pedí que se publicase tal y como lo escribí hace muchos años: con la máquina de escribir. Solo me encontré con una vieja fotocopia maltrecha, pero es suficiente como para que la obra pueda ser leída y disfrutada por todos aquellos que se sientan identificados en algún punto, por haber trabajado en una oficina y haber tenido que decir a desgano 'Sí, Señor'. Espero, queridos lectores, vuestros comentarios." Alice




viernes, 30 de octubre de 2020

Una noche de cuentos

 


Por Alice Amanda de Cappella

El martes 31 de mayo próximo pasado, siendo aproximadamente las 20:30 horas, concurrieron a local de calle Corrientes al 400 de esta ciudad, un grupo compuesto por unas 15 personas.

Las mismas habían sido citadas con antelación por la Sacerdotisa maría Luisa, con quien se reunieron en el más alejado salón del edificio.

Allí se produjo una experiencia milenaria y milagrosa.

Todas las personas que allí estaban, habían previamente volcado en papeles la imaginación de sus mentes.

Los escritos fueron entregados semanalmente a la Sacerdotisa “siempre los días martes”. Ella los encarpetaba y luego en la torreta de su castillo, corregía errores.

Cuando llegó el día martes 31 (el 13 al revés), María Luisa abrió su carpeta y deshojándola, comenzó a hacer sonoros aquellos hipnóticos relatos, productos de la imaginación de las mentes.

Primero fue el embrujo de las palabras ignotas, algunas de las cuales eran conocidas solo por ella, sin embargo entregó la fórmula para entender lo que iba leyendo.

Siguió con la de los neófitos: “La odisea de intentar subrayar con la palabra”.  Y fue mágico.

Comenzó con “El pequeño Cachito y su inocencia”, siguió con “Marilyn y su venganza”, luego interpretó a la niña que festejaba sus tres añitos de modo inusual, prosiguió con “El amor de Bochi a su nieto”, dejó abatidos de tristeza a los escucha-cuentos con el “Desempleado empleado”, “El baile en la corte de Francia” hacía suspirar a más de uno. Con “Los pájaros”, algunos se sintieron cómplices del asesinato del sordomudo. También llegó el drama del valiente joven que siguió la voz que provenía de la gruta. Terminó con una ironía por las pasadas elecciones y “La gracia de Nelly” en su onírico relato.

Todo se vivió bajo el influjo de la voz de maría Luisa que moduló, interpretó y comentó aquellos cuentos.

Fue un martes especial, o tal vez “el especial de los martes”, con la magista “Marilú”, ocupando el sitial, en esa conjunción de mesas que intenta ser una sola y grande.

Brindo por el hechizo de esa noche y lo hago con estos versos, cuyo autor es desconocido:


Llena tu copa vacía

Vacía tu copa llena

Nunca la dejes vacía

Y jamás la dejes llena.


Que así sea.

martes, 20 de octubre de 2020

La pluma de la paloma

 


Por Violeta Paula Cappella

La semana pasada desperté porque uno de mis gatos me acariciaba la nariz con sus uñitas y me hizo estornudar.

Al lado de mi almohada había una pluma de palomita de monte; la tomé entre dos dedos y mi michi me maulló complacido. En ese momento, me di cuenta que se trataba de un regalo gatuno y se lo agradecí. Coloqué la plumita bajo la almohada, pero eso no le gustó a mi gatito, así que él mismo la sacó. La pluma se le enganchó en una uña y sacudió su manito para desengancharla. Soplé la pluma y voló por el aire haciendo unas piruetas y fue a caer sobre la cabeza de la perrita, quien se sorprendió, se sacudió, la pluma voló un poquito y al final cayó al suelo, la perrita la vio, se la comió y se relamió gustosa.

El gato se enojó, miró a la perra con bronca, le dijo algunas cosas con muchos miau-miau y se fue refunfuñando hacia el living. La perrita me miró, suspiró como diciendo “no sé por qué tanto enojo, si estaba tan deliciosa”, cerró un ojo, después el otro y nuevamente se puso a dormir.

Una pluma no va llenar la panza de una perrita, pero para ella debe haber sido como comer un rico confite. Me parece que los perros son raros en sus gustos, a mí jamás se me ocurriría comer una pluma!