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martes, 11 de febrero de 2025

La Negra y el aire

 


Cuento:  La Negra y el aire           

 Por: Violeta Paula Cappella

 Otra vez está chorreando el aire acondicionado del tipo del 6 C sobre nuestro techo corredizo. Ya fui más de diez veces a reclamarle, pero hoy todo va a cambiar.

 -Vos dejame a mí que yo a este te lo arreglo rapidito. – Me dijo.

 Ahí se va la Negra a hablar con el tipo, con su pantalón cargo bajo la cintura, las alpargatas desflecadas y la furia de no poder dormir por los martillazos de las gotas del aire acondicionado sobre el techo de aluminio. Pobre Negra, llega cansada del trabajo y tiene que ir a discutir con este tipo tan molesto. La esposa del tipo, desdichada criatura, una sometida que no levanta la mirada del suelo y si lo hace, es para sonreír y no decir nada, como lo debe hacer cuando el tipo la muele a golpes.

La Negra es negra en serio, es como la noche en el medio del campo y sin luna. Ha sufrido lo indecible y practicó la resilencia sin saberlo; me contó hechos tremendos de la adolescencia, cuando el padre la cacheteaba hasta desmayarla para que vistiera ropa de mujer; incluso, una vez, la madre le tiró un cuchillazo por usar los slips del hermano y le dejó una cicatriz cruel en la cara, tal como la que tenía en el alma.

Una noche, volvía del secundario muy tarde porque hubo razzia en la puerta de la escuela. Los milicos andaban buscando cualquier excusa para llevarse a alguien. La Negra caminaba tranquila por el barrio, con el frío húmedo calándole la vida. Llevaba puesto el guardapolvo escolar con la misma gracia de un paraguas mojado, cerrado y dejado por allí para que seque.

Un viejo salió de la nada, la agarró de las piernas y la llevó a la rastra al yuyal. La violó por ser marimacho. El viejo asqueroso le decía: -Ahora te va a gustar la pija. – La negra intentó resistirse, pero no pudo huir. Por fin, llegó el auxilio; los pibes de la otra cuadra habían visto algo raro y se metieron en el yuyal para ver qué pasaba. Los pibes la querían a la Negra, para ellos era un pibe más. Entonces, arremetieron contra el tipo y le abrieron la garganta con un cuchillo de capar chanchos. Los pibes ayudaron a la Negra a incorporarse y se la llevaron a la casa de don Samuel para que la cure. La Negra caminaba como podía, ultrajada, subsumida, llena de barro e ira, moreteada por todas partes y sangrando. Le dolía el cuerpo, el alma, el espíritu; cada golpe, cada palabra del viejo inmundo retumbaban en su mente.

Don Samuel le limpió el rostro, la metió en una bañadera y lavó todo su cuerpo con hierbas de toda clase para sacar todo rastro de horror. Le dio ropa limpia, la bendijo y los pibes la acompañaron hasta la casa.

Pasaron unos días y en el camino de tierra, al lado del yuyal, la gente que pasaba, sentía olor a podrido pero nadie se animaba a ir a ver. Supusieron un caballo muerto o que los milicos habían fusilado a alguien. Más vale no meterse.

Al año siguiente Perro Rengo (así le decían a un pibe mudo que solo articulaba gua-gua y era obviamente lisiado), salió del yuyal con una bolsa llena de pasto y se la vendió a un santero haitiano. Al día siguiente, Perro Rengo ostentaba zapatillas nuevas y andaba en un triciclón (no tenía estabilidad para la bicicleta) por las calles de tierra, sonreía y saludaba a todos diciendo gua-gua.

Cuando se murió el santero, nadie quiso entrar al rancho. Todos temían a los malos espíritus que el haitiano invocaba; los milicos mandaron a unos soldados a tirar nafta por todas partes, prendieron fuego y después derrumbaron las paredes con una topadora. Nadie supo con certeza, pero sí se sospechaba, que en esa esquina, además del santero muerto, había varios esqueletos más, cuyo origen, más vale no averiguar.

La Negra terminó el secundario, trabajó cuatro años en el frigorífico que está por Avenida Circunvalación y el río y un día se hartó de ver morir vacas, cerdos, caballos y tener que trozar los cuerpos aún calientes y sangrantes. Así fue, que se hizo vegetariana. Consiguió trabajo en un supermercado y se fueron ella y el hermano más chico, el Totito, de la casa de los padres. En ese momento, el hermanito tenía dieciséis años y todavía estaba en el primario.

(Totito vive con nosotras en casa y adora jugar a poner en fila muñequitos, autitos, fichas del dominó, piezas de ajedrez, los animalitos de la selva y hasta toma mis labiales del necessaire y los acomoda sobre el suelo con la felicidad de colocar todo en el orden que le dicta su mente de niño)


- Uh, ya pasaron diez minutos y la Negra no viene, me preocupa. –

Al hermano mayor de la Negra lo mataron de un tiro en la frente en una redada en la escuela por defender a un compañero que se lo llevaban los milicos y nunca más se supo de él. Para la Negra fue una catástrofe porque su hermano era su confidente cuando le contaba sobre las chicas le gustaban, era su asesor con la ropa masculina y fue quien le enseñó a jugar fútbol en el campito al lado de las vías del tren. Lo velaron en la casa y fueron solo unos pocos vecinos porque se había rumoreado que era terrorista y él, pobrecito, solo quiso ayudar a un compañero, hoy, desaparecido. Lo peor de todo fue que durante el velatorio, los milicos habían puesto dos soldados para ver quiénes iban a dar sus respetos. La Negra lloraba a mares y un milico la agarró del brazo y le preguntó quién era. Ella dijo su nombre y el milico le gritó que se vaya a poner ropa de mujer y ella le gritó a su vez en la cara que era la ropa del hermano muerto. El milico murmuró algo y se fue afuera a fumar.

La Negra no fuma más, pero desde la adolescencia hasta la joven adultez, llegó a fumar dos atados de cigarrillos por día. La devoraban los nervios y se criticaba a sí misma por no ser mujer,  por no ser hombre, por sentirse la nada misma, por no usar una falda floreada y una blusa liviana, casi transparente, como lucen las chicas. Cada mes, la menstruación le recordaba su identidad femenina, pero la forma de su cuerpo, delgado, sin caderas ni senos, aferrado a ademanes y gestos masculinos que aprendió de su hermano difunto, gritaba una masculinidad presente y firmemente asentada. A los 32 años, por un cáncer de ovarios, los médicos se los extirparon a todos para que en un futuro no haya problemas y respetaron su útero, trompas de Falopio, epiplón y ganglios linfáticos. Fue entonces cuando la conocí. La vi en la cama del hospital totalmente atemorizada, con la bata que le quedaba grande, las piernas delgadas, las manos huesudas, su vista escrutando el techo en búsqueda de algo que le diese vida y la alejase de ese lugar.

Hablamos sobre la operación, la quimioterapia y el cigarrillo que a partir de ahora quedaba prohibido. Le pregunté cómo se llamaba y me dijo que su nombre le daba vergüenza y que prefería que le dijeran Negra. Lloró como lloran los niños desconsolados, emitiendo solo un sonido leve y agudo. Le acaricié el cabello de millones de motitas teñidas de rubio y noté que su rostro, anguloso (con una cicatriz vieja en la mejilla), tan oscuro y terso, le daba un aire de Grace Jones. Me tomó fuerte de la mano y me dijo: -No me abandone, doctora Haglund, no me quiero morir.-

Hablamos un rato en voz baja y le comenté que no menstruaría más, se sorprendió y se alegró. La miré y me sonreí y le aclaré que nada de sexo por bastante tiempo.

En mayo nos volvimos a ver en el hospital. Estaba pelada, pero feliz. Me abrazó fuerte, ruda y tierna a la vez.

Cuando terminé mi turno, salí del hospital y ella estaba tomando una limonada con un jovencito, que ya desde lejos me daba la sensación que algo en él no estaba bien. Crucé la calle, los saludé, ella se levantó para saludarme y me presentó a Totito. Me contó parte de su historia y yo parte de la mía. Se le veía el gran elástico del slip con la marca estampada en negro. Me sonreí, me quité la chaquetilla, la guardé en mi mochila y vio la Negra que tras mi cabello largo, todavía rubio natural, mis formas suaves, redondeadas, tan vikingas, tan noruegas, había alguien que era compatible con ella.

Ahí viene, escucho que baja el ascensor.

- ¿Qué pasó Negrita? -, le pregunto y ella, subiéndose el cargo Grafa que le queda un poco grande y siempre ostentando el elástico de un slip, me cuenta tranquila:

- Casi le meto la manguerita del aire acondicionado por el culo y lo convierto en angelito de fuente, de esos que escupen agüita. ¿Qué hay de cenar?

– Ensalada de zanahorias y huevo con trocitos de queso Parmesano y ravioles caseros de verduras con salsa mixta que vende la chica del 3º A.

Totito se sienta a la mesa y nos muestra su documento de identidad. Los padres no lo anotaron en el Registro Civil porque nació bobo y no sirve para nada. ¿Para qué quiere un DNI?

Siento que conozco a la Negra de otros tiempos, de eras lejanas cuando la selva predominaba, el aire estaba limpio y puro, el agua era cristalina, los animales vivían en paz y el sexo era el punto de encuentro salvaje de los enamorados de la tribu, sin importar si te habías casado bajo el sagrado rito de la Naturaleza con un hombre o una mujer y sin preguntar tantos porqués.

Quizás, algún día, a todas las alteridades, se nos considere seres humanos como en los tiempos de la tribu y la selva, del agua limpia de la cascada que rompe contra las piedras y crea un arco iris bello y húmedo y así, dejemos de ser alteridades.

 


sábado, 15 de julio de 2023

La víctima número 1

Por Violeta Paula Cappella de Fox Talbot

Romando Killer adora la buena vida; estafa y roba para darse todos los gustos y su esposa lo acompaña, alaba sus fechorías porque ambos comparten el oscuro secreto de la perversión sexual hacia las jovencitas, las adolescentes, las niñas y para eso, a veces, hace falta  bastante dinero.

Ambos sostienen a duras penas una buena reputación porque el mundo lentamente se les está viniendo abajo. Sus roñas sexuales están saliendo a la luz tímidamente, pero por fin salen.

Al mediodía, fueron a tomar algo al shopping (los shoppings son sus lugares favoritos para mirar lascivamente adolescentes que hacen compras y ríen felices con sus amigas, sin darse cuenta de las miradas y regodeos de una pareja de viejos degenerados).

De repente, pasó frente a ellos una de sus tantas víctimas y ella los reconoció como los violadores, los degenerados que gozaron de perturbar y arruinar su adolescencia. Ella tembló, respiró con dificultad y siguió su camino.

Ellos la odiaron porque la volvieron a desear. El viejo Romando Killer deseó toquetearla como cuando ella era adolescente, deseó lamerla nuevamente y deseó acorralarla con su enorme cuerpo como lo hacía antaño y abusar de ella sin límites. La esposa del viejo, deseó acariciar las piernas de la víctima y meter sus sucios dedos dentro de la bombacha como lo hizo aquella vez, mientras la víctima lagrimeaba y se retorcía de asco. Deseaba reducirla a la nada, a un objeto sexual.

Ella, con su dignidad recuperada después de años de reflexión, siguió su camino dentro del shopping y ellos nada le pudieron hacer. No consiguieron más que exacerbar la imaginación en pleno acto de destrucción de la decencia de las jovencitas. Se miraron mutuamente, dándose cuenta que ya estaban viejos para secuestrarla y torturarla sexualmente como lo deseaban.

La idea del rapto los sedujo y planearon ahí mismo llevarla fuera de la ciudad, cavar una tumba y matarla, no sin antes violarla, atormentarla, ultrajarla, rebajarla, lamerla, ensuciarla y desaparecerla de la faz de la tierra para que nunca pueda decir algo sobre el tenebroso pasado de ellos.

Bebieron los últimos sorbos de café y cuando él quiso levantarse sintió un gran dolor en una de sus piernas y la esposa, después de un quejido, se incorporó a duras penas tomándose de la cintura, quizás la ciática, quizás la columna vertebral completa.

En ese mismo instante, comenzó a desmoronarse el plan de secuestrarla. Sabían que la víctima sería más rápida y que correría para salvarse de ser mancillada como no pudo hacerlo en los viejos tiempos y que ellos en la vetustez de sus marchitos cuerpos de cocainómanos con injertos aquí y allá de siliconas para aparentar ser jóvenes y lozanos, caerían al suelo del shopping al menor intento de forcejear para secuestrarla y ella, mártir de los peores agravios, aceleró el paso dentro del shopping al poder leer los horribles pensamientos de sus secuestradores; se proyectó a sí misma mirándolos desde lejos y levantando el dedo medio de su mano derecha en un glorioso fuck you!

(¿Denunciarlos ante la justicia? ¡Por favor, la justicia no existe!)


viernes, 15 de octubre de 2021

A dormir al pasillo

 


Por Violeta Paula Cappella de Fox Talbot

Cuando tenía cuatro años, vivencié la tercera o cuarta mudanza en mi pequeña vida y con mis padres y hermana recién nacida, fuimos a vivir al Pasaje Monroe 2.736.

La casa estaba ubicada en una planta alta. Al ingresar, había un pequeño recibidor donde mis padres colocaron la mesita y dos sillitas de mis primas que me las habían prestado para jugar y hacer las tareas del jardín de infantes. Luego, venían la escalera, un descanso, cinco escalones más y se llegaba a un pasillo largo. Toda la casa tenía pisos de madera oscurecida por el paso del tiempo y techos muy altos.

El pasillo conectaba a la cocina, dos dormitorios y un baño. En uno de los dormitorios, dormían obviamente mis padres con la bebé recién nacida, en el otro, habían armado un comedor. Allí estaba la mesa redonda y sus sillas, un modular con adornos y libros y una mesa rectangular con dos sillas, esa habitación tenía un bonito y pequeño balcón que daba a la calle. La cocina tenía una mesa pequeña con dos sillas y la silla para la bebé, la mesada con anafe y horno y las piletas para lavar la vajilla.

El baño era enorme, los pisos cuadriculados asemejaban un tablero de ajedrez. Tenía una bañera, calefón, lavabo, inodoro, bidet, un gran mueble para guardar toallas y elementos de limpieza y un ventanal que daba a la calle. En el contrafrente había un patio con dos maceteros de metal, una escalera vertical para acceder al techo, un lavadero con pileta y dos asadores.

En esa casa, no tuve ningún lugar más apto para dormir que no fuese el pasillo. En ese largo y oscuro espacio de tránsito, colocaron mis padres mi cama cerca del baño, al lado de un enorme refrigerador marca “Dover”, cuyo motor rugía con fuerza cada 45 minutos. La noche allí era congelada y espeluznante en invierno, y escalofriante y horrible en verano. El motor de la heladera me ensordecía y el miedo me paralizaba.

Todas las noches y las madrugadas yo sentía puntadas en las piernas pero no les podía decir nada a mis padres porque ya no me llevaban del Doctor Levin. Imaginaba que había hombres malos e invisibles que venían con agujas de coser y me pinchaban las piernas; esos hombres no tenían nombres ni se escondían debajo de la cama, eran muchos, tantos que me pinchaban las dos piernas a la vez e incluso miles de veces me pinchaban los pies con agujas de coser más pequeñas. Pero algo sabía de ellos: vestían trajes grises, eran altos, de grandes espaldas cuadradas, transparentes y no caminaban sino que iban flotando por el aire y cuando estaban cerca de mí, comenzaban a hacerme daño y yo me aterraba. No tenían rostros, en su lugar había tan solo un óvalo gris humo y nada más.

Con el paso de los meses, mi pánico se agigantó y empecé a tener más alucinaciones: veía seres en el aire que revoloteaban a sobre mí; seres horribles que salían del baño y seres más amigables que aparecían de la nada.

Mientras tanto, el motor de la ciclópea heladera al lado de mi cama, me ensordecía y retumbaba por todo el pasillo, cuyos techos tan altos parecían no estar allí.

Mis padres cerraban las puertas del comedor y su dormitorio antes de irse a dormir, así que me dejaban totalmente sola y aislada en el pasillo del terror.

Sentía tanto miedo que me encogía bajo el acolchado y cerraba los ojos para no ver lo que pasaba en el aire, mi corazón latía con fuerza: vivía aterrada. Únicamente mi oso Boo-Boo me protegía, ni tan siquiera un santo, Dios o un ángel, estaban allí para ayudarme a los cuatro años. Para mí, Jesús y Dios estaban en el Jardín de Infantes “Casa Bautista” pero no en el pasillo del terror.

Me aferraba al osito de peluche y sentía que se iba calentando su cuerpito de trapo con el calor del mío y así pensaba que él estaba vivo y me cuidaba; sin embargo el osito era muy pequeño para defenderme de los espantos que aparecían al amanecer, cuando todo estaba en silencio y me sobresaltaba con el motor de la megalítica heladera que comenzaba a vibrar y hacer ruido. Me tapaba los oídos para no escucharla y al rato, aparecían los hombres invisibles con sus agujas de coser para torturarme y si no eran ellos, eran esos seres deformes que volaban por el aire, salían del baño o de la nada misma, se multiplicaban y me aterrorizaban con sus colores sucios, bocas y ojos dignos de un cadáver en descomposición. La mayoría de ellos no tenían cuerpo, eran solo cabezas que se balanceaban junto a mí.

El pánico de la soledad completa en el largo y oscuro pasillo junto al monstruoso refrigerador, hizo que una noche gritase de angustia; nadie me auxilió, nadie me escuchó porque las puertas estaban cerradas.

El terror fue en aumento y un día decidí contarle todo a mi madre, pero era tal mi miedo que solo le dije que había visto una carita fea saliendo del baño. No le hablé sobre los hombres que me pinchaban las piernas con agujas de coser porque sabía que no me iba a llevar del Dr. Levin y tampoco le dije de las cabezas deformes que flotaban en el aire.

Por pocos días más, el pasillo del terror siguió siendo mi lugar para dormir porque llegó el tocadiscos “Winco” con sus parlantes y ocupó esa zona tétrica de la casa.

Ubicaron mi cama en el comedor, junto a la mesa redonda y sus sillas; creo que a esa altura, ya tenía seis años. Los seres deformes desaparecieron o por lo menos no estaban en esa habitación y los hombres transparentes de traje gris que venían a pincharme las piernas con agujas de coser se fueron. Mis piernas de niña sintieron un gran alivio porque ya no había más torturas en las oscuras noches de invierno ni en las veraniegas madrugadas, cuando la luz se filtraba por una claraboya anclada en el lejano techo que dejaba ver los relámpagos, cuyos posteriores truenos retumbaban junto al motor de la  titánica heladera en el pasillo infernal.

El bebé genéticamente malo

 


Por Violeta Paula Cappella de Fox Talbot 

Existe una teoría acerca de un gen del mal, un gen que se hereda y crea personajes, en las buenas familias, dedicados a matar, asesinar, asaltar, violar y robar. Esta teoría no tiene asidero científico, del mismo modo que la teoría de mi madre tampoco lo tenía...

Después de haber nacido, a mi madre se le oscureció el cabello, entonces me acusó de haberle quitado el “pelo” rubio, según ella, por lo que fui tan mala de feto, que le quité todos los genes de cabello rubio y me los quedé yo – por lo visto, lo único que mi madre tenía en la cabeza, eran cabellos, cerebro, lo dudo mucho.  

Pero no solo fui un feto ladrón de “pelo rubio”, sino que también, me acusó de haber sido mala porque me “quedé” con lo “mejor” estando en su vientre y me había apropiado de los genes que me gustaban y descartando los que no.

Resulta ser, que cuando nace mi hermana, ella tenía cabellos oscuros, ojos marrones y su piel no era blanca como la mía. La teoría de mi madre es que fui un feto ladrón y me quedé con todo lo bueno de ella: ojos verdes, cabello rubio y tez blanca. El problema que se suscitó, es que soy más blanca que mi madre y semejante atrevimiento genético es imperdonable, mi padre de niño era rubio, pero su tez nunca fue blanca como la de mi abuelo Miguel. A Dios gracias, mi padre no me pudo acusar de haberme quedado con sus genes rubios, porque su cabello se oscureció en la adolescencia.

En palabras de mi madre:

 “Sí, fuiste mala, porque no le dejaste nada bueno a tu hermanita, siempre fuiste mala, desde bebé nomás…”

 

lunes, 11 de octubre de 2021

EL CAMOTE

 


Por Violeta Paula Cappella

El Gordo Malamuth es el prototipo del solterón empedernido. No le interesaban demasiado las mujeres, pero hay que aclarar que tampoco los hombres y, dentro de la jungla humana con toda clase de especimenes, él se jugaba la vida por un motor, en especial de cohetes espaciales, aunque trabajando en Rosario esto era una completa utopía por lo que se conformaba arreglando en su taller mecánico todo tipo de autos, motos, camiones y hasta incluso, tuvo que reparar alguna que otra licuadora de las vecinas.

Mientras estuvo aquí, en barrio Belgrano, no era de salir a pasear, no le gustaba ir de compras y si hacía una reunión, era para invitar a un asado a los pocos amigos ya jubilados que pasaban el rato charlando en su taller, un espacio en el que se podían ver colgados los viejos almanaques de Cincotta con las chicas de frondosos cabellos y escasas ropas, adornados con algunas manchas de grasa, el amarillento tono del paso del tiempo y mucho smog y tierra porque por allí no pasó nunca un plumero y solo los sábados, aparecía una escoba de mañana temprano rascando el cemento del piso lleno de aserrín, aceites, pelusas, combustibles y algunos alambrecitos inútiles que al rodar por el sacudón de la barrida tintineaban graciosamente hasta la palita e iban a parar a un barril-tambor de Castrol lleno de desperdicios. En un cuartito que el Gordo acondicionó como pequeño dormitorio para la siesta y leer sobre astronomía, aparecían pegados en las paredes algunos recortes de diarios sobre los lanzamientos de los cohetes Soyuz, fotos de revistas con Laika a punto de partir hacia el cosmos, una foto original de Félicette, la gatita francesa que viajó al espacio y un póster del Apolo 11 que vino en una edición del Anteojito; todas reliquias que antes estaban en su dormitorio en la casa  y que las debió quitar cuando el padre le dijo que ya estaba bastante grande para seguir con esas pelotudeces.

Los padres del Gordo Malamuth están cursando los setenta y tantos, pero la edad del Gordo es un misterio; para muchos, por su cara aniñada tiene treinta y algo, sin embargo otros, al mirar la peladita en la cúspide de su cabeza, ya suben la apuesta hasta los cincuenta.

Para la madre, el hijo es todo lo que Dios le dio y lo ama tierna y devotamente; para el padre, en cambio, fue un flor de pelotudo que lo único que supo hacer en toda su vida fue arreglar autos y hasta llegó a sospechar maliciosamente que su hijo era todavía virgen. Era obediente, eso sí, porque cuando era chiquito, el padre lo llamaba con un silbido largo que se escuchaba en todo el barrio y esgrimía la alpargata ya calzada en la mano por si no aparecía rápido. De inmediato, se lo veía corriendo hacia su casa con un barrilete al vuelo, jugando a que había lanzado un cohete espacial y el silbido, era para su imaginación infantil, la caída estrepitosa de un cohete que había lanzado el padre, el malo de la película.

Un día sábado, después de haber barrido sin mucha dedicación todo el taller, el Gordo prendió la radio con el dial clavado el LT3 “Radio Cerealista de Rosario” porque la mugre impedía que el selector de banda y el dial se movieran, luego puso la pava para hacer unos mates, levantó la persiana y para apagar un poco el olor a “taller”, prendió unos sahumerios de frutilla que le compró al pibito que pasaba siempre vendiendo toda clase de cositas inservibles, pero pobrecito, el pibito necesitaba que la gente le comprase porque ya se sabe cómo son esos padres: si no vende nada, lo cagan a palos. El Gordo sabía todo eso porque el barrio hablaba continuamente de estas cosas. En pleno invierno, cuando el frío se colaba por los remiendos de la ropa, el Gordo le preparaba al pibito un mate cocido con dos bizcochos de chicharrón y el pobrecito resucitaba y sentía la felicidad de ser clase media argentina de barrio por un rato; mientras tanto, miraba las latas de aceite, los tambores de combustible y las cajas y cajitas con millones de repuestos para autos de todos los tiempos y pensaba que algún día, él también podría tener un taller mecánico y preparar mate cocido calentito. Y, en el orden del desorden, el Gordo era el único que sabía dónde estaba cada cosa que necesitaba.


Al Gordo todo el barrio lo quería, porque tenía un corazón enorme. Por eso, muchas mujeres, tan solteronas como él, decían incesantemente (y hoy más que nunca) que habría sido un muy buen padre, lástima, ¿no?

Entonces, apareció ese sábado de repente, una mina con su Citroën Ami 8 que ya no quería más guerra.

La chapa y pintura estaban impecables porque la mina lo había llevado al chapista el año pasado y hasta le había hecho cromar los faroles, la parrilla y el símbolo ese que tienen todos los Citroën que nadie sabe bien de qué se trata. El tapizado de los asientos no era de cuero, sino de una gamuza peludita con estampado de vacas felices, chanchitos retozones, gallinas con pollitos amarillos, ovejas balando en tono “beee” y caballos sonrientes con impecables dentaduras. El tablero olía a Blem, un rosario bendecido por el Padre Bernardo colgaba del espejito y a un costado del parabrisas estaba pegada una calcomanía original del Automóvil Club Argentino. La palanca de cambios ostentaba una bocha artesanal transparente con una rosa roja con brillitos. La radio estaba sintonizada también en LT3, pero no por la mugre, sino porque era la única emisora que la antena del techo del Citroën podía captar sin interferencia. Las cubiertas estaban perfectas y las gomitas de los limpiaparabrisas también. Olía a limpio y el Gordo sabía que ese tapizado perfumadito era un peligro porque su mono-overall era una sola mancha de grasa, aceite, nafta, gas-oil, mate, chicharrón, bife a la plancha y milanesa con puré, pero nada de olor a cigarrillos porque había dejado de fumar hacía ya más de diez años cuando el padre se enteró y le revoleó por la cabeza un elefantito de porcelana con el billete de 1.000.000 pesos Ley 18.188 enroscado en la trompa. Durante un mes entero la madre no le dirigió la palabra al padre, hasta que éste le trajo uno nuevo con un diseño tornasolado incandescente tipo patchwork emulando la piel del bicho que compró en un anticuario de Pichincha y así, hubo nuevamente paz y amenas charlas en la familia, cuyo miembro más charlatán era, naturalmente, el televisor.

Cuando la mina se bajó del AMI 8, se presentó y le contó al Gordo sobre el problema del burro de arranque, el tema de la crapodina y un lío fenomenal con el árbol de levas. El Gordo abría sus ojos celestes cada vez más grandes y escuchaba con atención: la mina sabía de mecánica y eso le pareció extremadamente seductor. Además, era linda, porque no tenía el cabello teñido de rubio estridente, ni las uñas pintadas verde o negro y apenas se notaba un suave maquillaje para resaltar delicadamente sus bellos ojos color aceituna que delataban una ascendencia gitana. El detalle que más lo impactó fue el pantalón bombacha de gaucho “Pampero” y las botitas bolivianas de tela gruesa y abrigada con un diseño colorido finísimo. Por el cuello de la remera estampada en animal print, se veía un pequeño pedacito del sostén de corpiño y eso lo asombró aún más. Entonces, se hizo la luz y el Gordo se enamoró de la mina cuando al agacharse para sacar el monedero de debajo del asiento del auto, pudo ver en toda su redonda dimensión lunar el culo de la mina enfundado en el Pampero color beige y sintió, que en esa mañana fría de junio, el estío se había hecho presente en su pecho y una sonrisa sin igual se dibujó en su rostro. El Apolo 11 estaba preparado para aterrizar sobre esa luna llena tan suculenta y carnosa.


El estado de gloria del Gordo se acrecentó al escuchar unos maulliditos que provenían del baúl del Citroën. Resulta ser, que la mina había encontrado una caja con seis gatitos de apenas unas semanas de vida al lado de un container y el Gordo siempre había querido tener una gatita que se llamase Félicette. El padre se lo prohibió porque los gatos mean por todas partes. En ese instante mágico, entre el maullido y el culo,  el Gordo supo que acababa de ser bendecido por San Rufo el Vergonzoso, a quien la madre todos los 28 de cada mes le prendía una vela rosa para que su hijo encontrase novia.

El Gordo tomó la iniciativa y le dijo a la mina: “¿Me puede esperar un segundo?” Se fue la bañito del fondo del taller, se sacó el mono-overall y salió impecable, luciendo el pulóver tejido por su madre a dos agujas con lana pura de oveja que compró en el sur del país cuando viajó en peregrinación a la ermita de Don Adolfito, un santo profano y popular europeo que hace la maravilla de conceder hijos de ojos claros a matrimonios de ojos oscuros y otorga a las mujeres la perfección en el arte de ser amas de casa y servir al marido, entre otros  milagros hogareños más.

La mina vio al Gordo con su pulóver de lana pura sin teñir e inmediatamente le preguntó quién lo había tejido tan prolijamente. En un rapto de hijo mimado, dijo feliz: “Mi mamá”; inmediatamente se dio cuenta que había quedado como un pelotudo y se corrigió diciendo: “Mi madre”. Ella ni se percató de lo que él dijo porque había quedado fascinada mirando el punto del tejido, tan armonioso, tan casero y suave y por sobre todas las cosas, tan ecológico.

Después de una breve charla sobre las lanas, el Gordo terminó convenciendo a la mina que convierta el AMI 8 a eléctrico; él sabía hacerlo y no costaba demasiado dinero. Al fin y al cabo, el motor del auto estaba a punto del colapso total.

La mina sacó del auto la caja con los gatitos, le ofreció uno hermoso, tipo tigrecito, pero él tuvo que rechazarlo diciendo: “No, mi papá no me lo permite porque los gatitos mean por todas partes.” Y se arrepintió de inmediato de la boludez dicha, se puso colorado como un tomate y agregó para desembarrar la frase anterior: “Cuando me mude, voy a tener mi propio gatito”. La mina le escribió en un papel adhesivo su número telefónico, levantó a un gatito y le hizo mover la patita como si estuviese saludando.

Con el corazón desbordante de amor, el Gordo se fue al baño del fondo, se miró al espejito redondo con marco de plástico verde y dijo con voz entrecortada: “Soy un pelotudo”. Se lavó las manos, buscó un viejo cepillo para las uñas que casi nunca usaba, se las cepilló con esmero y se lavó la cara para aclarar un poco el panorama tan confuso y raro. Cuando salió, vio que la mina estaba nuevamente en el taller y ella le dijo: “Ah, perdón, es que me llevé las llaves del auto sin darme cuenta. Aquí se las dejo.”, y las colocó suavemente en la mano del Gordo. Agradecido, la invitó a tomar unos mates y ella aceptó gustosa.

“El mate de calabaza es el mejor.”, dijo ella mientras degustaba el sabor de la yerba mezclada con un poquito de cola de quirquincho. En eso, llegó el pibe de la panadería a traerle los bizcochos recién hechos y el Gordo le pidió dos más pero sin chicharrón. El pibe estiró el cuello para mirar para adentro y vio a la mina sentada en un banquito: “Parece que tiene visitas, eh?”, dijo el pibe. El Gordo refunfuñó algo y se llevó los bizcochos para convidar a su clienta.

“¿Gusta un bizcochito?”, dijo el Gordo a la mina y ella tomó el que no tenía chicharrón y pasó a explicarle las virtudes del vegetarianismo. El Gordo no entendía demasiado de verduras, pero sí conocía la papa, la zanahoria, el zapallo, la lechuga, el tomate y el huevo, que no es verdura pero al Gordo le daba lo mismo.

Mientras la minita hablaba de las pencas de cardo y sus múltiples vitaminas, el Gordo había entrado dentro de una olla llena de puchero y en su imaginación sacaba con el tenedor el caracú, tan rico como grasiento. En medio de menús sin carnes, la minita le dijo que lo iba a invitar a un asado vegetariano y al Gordo se le iluminó más aún el rostro. En el entusiasmo, dijo que él llevaría todas las achuras, los chorizos y las morcillas. La minita estalló en una carcajada y le explicó que con las carnes, nada que ver. El Gordo se avergonzó y le pidió disculpas por su ignorancia sobre el mundo vegetariano y cambió de tema inmediatamente, prometiéndole que en diez días tendría el auto con el motor eléctrico listo.

La minita tomó la caja con los gatitos, se despidió del Gordo y se fue a la esquina a esperar un taxi.

El Gordo se aventuró dentro del motor del AMI 8 y día a día, entre suspiros de enamorado, cables y tornillos, convirtió al auto en un prototipo eléctrico de última generación.

Finalmente y con enorme alegría, llamó por teléfono a la mina y ella corrió al taller para ver la obra maestra.

El AMI 8 no emitía ni un solo ruido, era un auto silencioso que no contaminaba más el aire y que solo necesitaba ser enchufado una hora para que se cargase la batería y así, andaba.

La minita pagó en efectivo por el gran trabajo y lo invitó para el viernes a la nochecita al asado vegetariano.

El viernes estaba eternamente lejos para el Gordo. Deseaba que los otros días desapareciesen y ya mismo fuese ese atardecer, esa “nochecita” tan ansiada. Todos los días revolvía el ropero para buscar qué ponerse y decidió finalmente ir a la tienda de Doña Cayetana. Se compró un pantalón color gris, una camisa blanca, un chaleco de lana igualmente gris y hasta unos calzoncillos nuevos, por si se daba la ocasión de algo interesante.

La casa de la minita era preciosa, llena de plantas, gatos, libros, muebles de bambú, ratán y caña y por todas partes había pequeñas luces de colores que daban un toque mágico y acogedor. Al fondo, había un jardín con un asador lleno de verduras. El Gordo estudió detenidamente esos comestibles que tenían formas exóticas y que su mamá jamás le había cocinado. No había ni un pedacito de chinchulín, ni una ruedita de salchicha parrillera y ni tan siquiera algo similar a una morcilla. Entre todas las verduras, reconoció una berenjena, un trozo de zapallo criollo, unas papas y le volvió el alma al cuerpo.

La minita le presentó unas amigas y un tipo barbudo que era el novio de una de las chicas. Para no quedar mal, el Gordo le llevó de regalo a la minita una caramelera de vidrio repleta de caramelos de todos colores y la minita se sorprendió ante tanta cantidad de azúcar refinada, colorantes y saborizantes artificiales, pero le manifestó al Gordo una amplia sonrisa y le dio un beso en la mejilla.

El Gordo se sentó frente a la minita y vio que en el plato había cosas humeantes. En los vasos no había vino tinto sino jugo multifruta y el Gordo casi se muere de angustia. Probó esto, saboreó aquello y mientras la charla avanzaba y el Gordo se divertía, iban pasando berenjenas, remolachas, papines del Altiplano, pimientos de diversos colores y unos deliciosos y dulces camotes.

El Gordo arremetió contra los camotes en tanto conversaba con el barbudo sobre motores ecológicos para autos del futuro.

En un momento, los camotes comenzaron a hacer combustión dentro de la panza del Gordo. Se levantó discretamente para ir al baño porque tenía la sensación de estar a punto de explotar. Caminando hacia el interior de la casa de la minita, se dio cuenta que se estaba elevando en el aire producto de sus tremendas flatulencias; una de las chicas lo quiso retener y bajar a tierra pero se le escapó y ya no lo pudieron alcanzar, el Gordo se había perdido en las alturas del cielo nocturno.

Todos se largaron a llorar, avisaron a la policía y ésta a Gendarmería Nacional quien se desentendió del caso avisando a la Fuerza Aérea Argentina.

La madre del Gordo estaba desesperada, rogaba a todos los santos por el descenso y retorno del hijo. El padre era una catarata de insultos porque “el pelotudo” había arruinado el encuentro con la minita: su primera cita con una mujer.

En su ascenso a los cielos, vio el Gordo cómo los objetos se hacían pequeños, igual que cuando uno sube a lo más alto del Monumento a la Bandera. Empezó a sentir frío por lo que se puso la bufanda de lana que le había tejido su mamá cuando se fue de viaje de estudio a Bariloche. Abrió los brazos sintiéndose un pájaro y disfrutó del viento, del aire límpido y transparente que permitía ver las constelaciones en la espesura del cielo nocturno. Pensó en la perrita Laika, en los cosmonautas rusos y en ese paisaje amplio e infinito que se abría ante él esplendente y magnífico; solo cuando pasaba por una zona con nubes, sentía un poco de escalofríos porque siempre le tuvo miedo a las tormentas eléctricas.

En su travesía por los aires, el Gordo aterrizo lentamente en un desierto enorme sin pasaporte y solo con su DNI en el bolsillo del pantalón. Descendió sin que nadie se percatase del hecho porque los radares no lo ubicaron en el espacio aéreo. Miró a su alrededor, se sacudió un poco la ropa, se peinó el cabello con la mano y se desanudó la bufanda porque hacía calor. No había nada y de la nada misma apareció un convoy de vehículos militares armados hasta los dientes y apuntaron contra él: estaba en Groom Lake, un paraje mejor conocido como Área 51. El Gordo levantó las manos y los milicos hablando en inglés a los gritos como en las películas de guerra, lo esposaron, se lo llevaron y lo interrogaron hasta el hartazgo.

El intérprete tradujo una y otra vez sobre verduras a la parrilla y jugo multifruta.

En una ráfaga de lucidez, a pesar del mareo mental, la sed y el hambre, el Gordo se acordó que había comido un montón de camotes asados.

Ya entrada la madrugada, el intérprete le comunicó oficialmente al Gordo que de ahora en más, se quedará a vivir y trabajar en Estados Unidos de América y que solo podrá regresar de visita a su país de origen. 

Los canales televisivos argentinos comentaron con orgullo patrio a las dos o tres semanas de desaparición del Gordo, que un argentino, mejor dicho, un rosarino, mecánico del automotor, había llegado de incógnito a Estados Unidos de América y ahora era considerado todo un genio por sus conocimientos sobre combustibles vegetales.

Los amigos del Gordo no lo podían creer y la minita lloró de emoción al ver en los portales de noticias al Gordo saludando con una gatita tuxedo en los brazos desde la plataforma de lanzamiento de cohetes espaciales de Cabo Cañaveral.

La madre del Gordo se convirtió en la mujer más feliz del universo y el padre, totalmente enmudecido, dejó escapar una lágrima de emoción; al fin y al cabo, su hijo, el pelotudo ese, había entrado a trabajar para la NASA.

El sueño del Gordo se ha cumplido y la gatita, por supuesto, se llama Félicette.

Nota: Me preguntaron por el destino del taller mecánico del Gordo, bien, ahora está en manos del barbudo ecologista, tiene de ayudante al pibito y trabajan convirtiendo motores nafteros, gasoleros y diesel a eléctricos. El cuartito del Gordo es una especie de museo que se puede visitar de lunes a viernes en horario comercial; allí también están expuestos los recortes de los diarios con las fotos del Gordo y Félicette y la minita hace las veces de guía.




lunes, 27 de septiembre de 2021

Tío Hugo

 


Por Violeta Paula Cappella de Fox Talbot

Casi al año de haber nacido, falleció tío Hugo en un accidente de tránsito.

Mi madre, durante una charla cualquiera, aprovechó para despreciarme y me echó en cara haber nacido viva: “A mí me hubiese gustado estar más tiempo el último año de vida de mi hermano, pero claro, yo te tenía que cuidar a vos que eras bebé y entonces, yo no pude estar con él más tiempo, como hubiese deseado”.

Para el año 1.969 tío Hugo ya estaba casado y tenía un bebé de 1 año; con mi prima, apenas nos llevamos diez días.

¿Le impedí a mi madre estar más tiempo con su hermano? ¿No sería acaso que su hermano tenía también una vida matrimonial, un trabajo, ganas de estar con su esposa (nuevamente embarazada) y su hijita  bebé y no con su hermana? ¿Por qué cargarme encima con la culpa de la muerte de su hermano? Por una razón muy sencilla: no tenía ganas de cuidar un bebé.

Luego, es imposible saber de antemano que alguien va a morir en un accidente de tránsito, por lo tanto, el hecho de desear estar más tiempo con su hermano durante el último año de su vida, no fue algo que pensase en 1968, cuando mi prima y yo acabábamos de nacer.

Tío Hugo falleció a fines de enero de 1.969 y yo, no tengo la culpa, como mi madre me lo hizo creer durante décadas…

La tortura emocional también existe, si algo de esto te sucede, no dejes de contarlo: te libera, te ayuda y te sana.  


Ibas a ser un aborto


Por Violeta Paula Cappella de Fox Talbot

Mi padre no quería tener hijos, eso significa que ante un embarazo, debía haber un aborto; la situación económica de mis padres era relativamente buena, podían darse el gusto de ir al cine o al teatro o hacer un viaje por el país.

Mi nacimiento significó para ambos un quiebre y pasé a ser un gasto, no un ser humano. ¿Por qué nací? Mis padres tuvieron una corta separación porque mi padre tenía una amante que se llamaba Norma. Supongo que mi madre se quedó embarazada para recuperar a esposo.

Ella me contó que estando juntos en el Parque Independencia para conversar sobre separación o matrimonio, mi padre le dijo que finalmente se quedaría con ella, como si se tratase de una elección entre una porción de queso fymbo o sardo.

Mi madre estaba embarazada y mi padre se había desentendido del embarazo porque para él un hijo era un gasto. Él me decía que: “Hubiese comprado una yunta de chanchos en vez de haberte tenido a vos”. A veces esto lo decía en plural, por su otra hija.

Que me iban a abortar, me lo dijo mi madre cuando mi hermana se estaba divorciando de su primer marido y yo estaba en pareja; mi madre nunca soportó que en algún momento de mi vida hubiese felicidad, por eso me lo dijo en ese momento, cuando yo era muy feliz.

Yo era feliz y así, ella tenía que arruinar mi felicidad. Obviamente, me largué a llorar.

Luego, me enteré que mi madre se golpeaba el vientre para abortarme. Este acto tan feroz, ella se lo atribuía a mi tía Betty y decía que así quería que Gerardo no naciese vivo. 

Mi padre le solicitó el aborto a mi madre una y mil veces, pero no había dinero, entonces recurrieron a cada uno de los familiares. Mi tío Tomás le respondió a mi padre: “¡Hacete hombre y tené una familia!”. Mis padres en ese entonces no eran adolescentes, tenían ambos alrededor de 27 o 28 años.

De alguna manera mi padre consiguió el dinero para el aborto. En los años ’60 / ‘70, el método era una inyección de solución salina, de esta forma, al infiltrarla en el líquido amniótico, el bebé se incinera. Por alguna causa que desconozco, continué viviendo en ese espacio del que no hay escapatoria.

Cuando nací, todos esperaban un bebé carbonizado y no fue así; por eso, mis padres me escudriñaron a más no poder y no les cabía en la mente que yo fuese tan inmaculadamente blanca.

Si hay algo que debo agradecerle a mi ex marido, es haberme hecho ver cuánto me despreciaban en mi familia de origen porque yo no me daba cuenta de esto, porque para mí era lo normal (y mi ex usó esta mala costumbre mía para terminar haciendo lo mismo)

Hoy vivo en paz.